Hoy estábamos en una de esas reuniones de planificación para ir preparando el final de curso cuando, de repente, nos cae más y más papeleo. Mientras el resto hablaba, un pensamiento cruzó mi mente y me trasladó algunos años atrás (no muchos).
Tras una breve comparación entre ambos momentos, me he dado cuenta de la cantidad ingente de papeleo que tenemos que rellenar y de cómo nuestro trabajo se ha burocratizado hasta el punto de que es más importante un papel que la palabra de un maestro. Al menos así me lo ha demostrado lo que he visto por ahí. En caso de algún suceso, la palabra del maestro, al que se debe suponer una persona de confianza de entrada, se ve maltrecha, cuando no anulada, con la única excusa de faltarle algún papel o de que alguien que no pertenezca a ese claustro diga algo en contra… y todo ello sin una sola prueba, sin que su palabra valga nada.
Pongamos un ejemplo práctico: en nuestra asignatura, debido al carácter especial de ésta que todos conocéis, hay veces en que no es posible constatar un aprobado o un suspenso de un alumno, en el sentido de que no hay nada escrito que sea externo a la opinión de su profesor ya que, por edad de los alumnos, metodología, o el motivo que sea, no se han hecho exámenes escritos con los cuales poder decir: “ah, es que tienes un 3, entonces el examen está suspenso”. Esa necesidad pseudoempírica de demostrarlo todo con un papel es, en mi opinión, el comienzo de nuestra degradación como profesionales. Obviamente, hay casos y casos, además de que muchos dirán: “anda ya, mi palabra es la que vale”. De acuerdo, pero si quieres evitar líos, mejor tenerlo todo escrito y demostrado… Bien demostrado, porque tu palabra ya no vale tanto como antes en cuanto un padre o incluso un niño están en desacuerdo contigo, a pesar de ser una persona honrada como el que más y ser lo más imparcial y justo posible.


