Oposiciones de Maestros 2011 ¿sí o no?

Uf, ya es un tiempo sin escribir, en parte por temas opositores, claro está. Y sobre esto va el post de hoy.
Hay una enorme polémica sobre si sería conveniente o no convocar oposiciones, como ya sabéis los teachers extremeños. Hay ya muchas publicaciones y muchísimos rumores que no sirven para nada dado que hasta que el día 18, es decir, mañana, se reúnan los responsables correspondientes, no sabremos nada concreto. Pero a mí me gustaría saber qué pensáis, porque hay muchos que dicen que sí, otros que no… pero… ¿qué grupo es más numeroso, el que dice que sí, o el que dice que no?

Os he puesto una encuesta, para pasar el rato, más que nada mientras esperamos a que nuestra consejera decida (si es que no lo tiene decidido ya).

Edit.: acabo de darme cuenta de que, aunque hayas votado, te deja votar más veces; es un problema de la programación del código de la encuesta. No pasa nada puesto que sólo cuenta el primer voto que hayas dado, así que todos los que des a partir de ese momento no los cuenta (¡qué susto!).

A los padres con niños en la E.S.O. (y en primaria también)

Llevo unos cuantos días sin escribir debido a los exámenes opositores que algunos aún tenemos que hacer, pero quiero hacer un alto en mi estudio para poner aquí un texto que invita a la reflexión. Fue publicado en diversos medios de comunicación y lo escribió el Inspector de Educación Jaime Martínez Montero. El texto dice así:

“Lo que más sorprende a los especialistas extranjeros que visitan nuestros institutos es el mal comportamiento de los alumnos en el aula, la confianza de amigachos que preside su relación con los profesores (siempre con el tú por delante), lo escandalosos que son y el descuido con el que tratan el material que se pone a su disposición. Si los visitantes son coreanos o japoneses, la impresión les puede provocar un shock.

No es fácil conseguir mejoras significativas en los resultados escolares. Pero, desde luego, si no se aborda con seriedad y decisión el cambio del comportamiento de los alumnos, poco se puede conseguir. Para que el alumno pueda rendir en clase es preciso que, en primer lugar, atienda y, en segundo lugar, que lo dejen atender. Es el requisito previo, como lo es comprar un décimo para que te toque la lotería. Muchas de las correcciones que se ponen en marcha para atajar este mal son poco compartidas por los padres de las criaturas, que optan más por la impunidad de sus hijos que por su educación. Parece como si la mala conciencia del poco caso que les hacen la pudieran salvar poniéndose incondicionalmente de su lado a la mínima dificultad con la que tropiezan en el instituto.

Se ha llegado a una situación en la que no producen alarma y se dejan pasar comportamientos intolerables. Los que narro a continuación los he visto yo visitando aulas, exhibidos por mozalbetes de trece, catorce o quince años, mayoritariamente varones, y sabiendo ellos que yo era el inspector. Están los que no reprimen las exigencias de su cuerpo por pequeñas que éstas sean. Así, uno bosteza de la forma más larga y ostensible que se pueda imaginar, desperezando todo el cuerpo. Otro se rasca y hurga, a modo, en axilas, ingle, nariz y oído. El de más allá está prácticamente tumbado en su silla, en una postura en la que alcanzar el tablero de la mesa para leer o escribir es francamente imposible. Hasta a alguna parejita he debido mirarla con reprobación para impedir no sólo que hicieran manitas, sino hasta que fuera algo más lejos. Repito: todo esto mientras el pobre profesor (o profesora, porque como corresponde a la condición humana, suelen ser más groseros y aprovecharse más de quien juzgan que es más débil) intenta explicar su lección o corregir un ejercicio.

¿Y los padres? ¿Qué ocurre cuando se sanciona a sus hijos y se les comunica el castigo? Pues en muchos casos se ponen de su lado, exigen datos y pruebas como si la vida escolar y sus procedimientos disciplinarios fuesen un juicio por la vía penal. Les hacen ver a sus vástagos que su centro de educación y enseñanza actúa arbitrariamente, que persigue sin motivo a sus alumnos, que emprende procedimientos sancionadores contra ellos sin argumentos ni hechos: un día, sin que haya ocurrido nada, los profesores y el equipo directivo acuerdan porque sí sancionar a unos pobres inocentes, e inician procedimientos muy costosos, que requieren mucho trabajo extra y que les van a traer a los que los emprenden un sin fin de preocupaciones.

Señores padres: no es sensato creer antes a los propios menores implicados que a adultos expertos en problemas de disciplina como son los profesores. Los docentes son imparciales (por supuesto, más que los mismos menores o que ustedes), conocen bien a los chicos porque a lo largo de su vida profesional han tratado a miles de ellos, y saben calibrar la trascendencia de las acciones de los que ocupan las aulas porque, además de que se les prepara para ello, tienen la experiencia de haber pasado ya por cientos de casos anteriores.

Señores padres: no deben enseñar a sus hijos de qué manera pueden salir indemnes o cómo se pueden librar de las consecuencias de conductas inadecuadas, sino a que asuman sus responsabilidades, a que corrijan lo que hayan hecho mal, a que acepten los castigos que se les impongan, a que tengan confianza en los profesores y en los centros en los que están escolarizados. Porque, señores padres, no hay mayor despropósito que ayudar a sus hijos a que queden por encima de su profesor y de su instituto.

Señores padres: a sus hijos no les quedan tantos años para enfrentarse a la vida. Enséñenles también a tolerar la pequeña injusticia, el posible error. Porque en el mundo adulto van a encontrar muchas más arbitrariedades de las que puedan sufrir en la escuela. Déjenles bien claro que a sus profesores no les pagan para aguantarlos y reírles las gracias, sino para educarlos. Sus profesores son, para ellos, el anticipo de lo que luego, en el ámbito laboral, van a ser los jefes. Y, como decía Bill Gates, si cree que su profesor es duro con él, que espere a tener un jefe. Éste no va a tener ni la paciencia ni la vocación de su docente.

Señores padres: un viejo consejo decía: “Si vas a sufrir una operación peligrosa, deja todos tus papeles y todos tus asuntos en regla. Es posible que sobrevivas”. Aplíquense el espíritu del anterior dicho. Queremos su colaboración y su ayuda para conseguir la mejor educación de sus hijos. Pero no para hacerle la vida más fácil a los docentes. Al fin y a la postre, lo más que convive un profesor con ellos es, durante algún año, dos o tres horas a la semana. Lo queremos porque en última instancia son ustedes los que van a tener que soportarlos durante toda su vida.”

La verdad es que es un texto que debe ser difundido lo máximo posible, es, en mi opinión, un texto magnífico, y mucho de lo que dice puede ser aplicado en Primaria en muchos centros de nuestra región

Papeles papeles papeles.

Hoy estábamos en una de esas reuniones de planificación para ir preparando el final de curso cuando, de repente, nos cae más y más papeleo. Mientras el resto hablaba, un pensamiento cruzó mi mente y me trasladó algunos años atrás (no muchos).

Tras una breve comparación entre ambos momentos, me he dado cuenta de la cantidad ingente de papeleo que tenemos que rellenar y de cómo nuestro trabajo se ha burocratizado hasta el punto de que es más importante un papel que la palabra de un maestro. Al menos así me lo ha demostrado lo que he visto por ahí. En caso de algún suceso, la palabra del maestro, al que se debe suponer una persona de confianza de entrada, se ve maltrecha, cuando no anulada, con la única excusa de faltarle algún papel o de que alguien que no pertenezca a ese claustro diga algo en contra… y todo ello sin una sola prueba, sin que su palabra valga nada.

Pongamos un ejemplo práctico: en nuestra asignatura, debido al carácter especial de ésta que todos conocéis, hay veces en que no es posible constatar un aprobado o un suspenso de un alumno, en el sentido de que no hay nada escrito que sea externo a la opinión de su profesor ya que, por edad de los alumnos, metodología, o el motivo que sea, no se han hecho exámenes escritos con los cuales poder decir: “ah, es que tienes un 3, entonces el examen está suspenso”. Esa necesidad pseudoempírica de demostrarlo todo con un papel es, en mi opinión, el comienzo de nuestra degradación como profesionales. Obviamente, hay casos y casos, además de que muchos dirán: “anda ya, mi palabra es la que vale”. De acuerdo, pero si quieres evitar líos, mejor tenerlo todo escrito y demostrado… Bien demostrado, porque tu palabra ya no vale tanto como antes en cuanto un padre o incluso un niño están en desacuerdo contigo, a pesar de ser una persona honrada como el que más y ser lo más imparcial y justo posible.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.